COMO ENGAÑAR A UN JABALÍ. RECUERDOS DE 20 AÑOS DE ESPERA.

COMO ENGAÑAR A UN JABALÍ. RECUERDOS DE 20 AÑOS DE ESPERA.

Editorial:
CULTIVA LIBROS
Año de edición:
Materia
CAZA Y CETRERÍA: TÉCNICA
ISBN:
978-84-9923-430-4
Páginas:
322
20,00 €
IVA incluido

Jesús Alonso Coello nació en 1955 en Tamajón, provincia de Guadalajara, en donde vivió diez años. A partir de 1965, madrileño de adopción, cursó estudios de bachiller en el colegio Calvo Sotelo de Madrid y los continuó en la Universidad Laboral Onésimo Redondo de Córdoba. Abandonó ésta para cumplir voluntariamente con el servicio militar, licenciándose con 17 años para seguidamente casarse enamorado de su actual esposa.
Título:
Cómo engañar al Jabalí

"Los relatos tienen la misión de hacer pasar un rato entretenido y agradable al lector. Intentaré transmitirle los conocimientos de campo que he ido adquiriendo a lo largo de los 37 años que llevo practicando la caza.

Narraré situaciones límites que se han producido en la oscuridad de la noche, de modo que el lector logre meterse en mi propia piel y sienta en su cuerpo las mismas sensaciones que por fortuna he sentido yo, que experimente y descubra nuevos valores y emociones en las noches de un verano cualquiera, que sienta el soplo del nuevo amanecer, siendo él protagonista de la llegada del nuevo día, ese momento mágico en que los sonidos nocturnos son desplazados poco a poco con la lenta y suave llegada de la luminosidad diurna.

Aspiro a que cada lector se adentre en la oscuridad de la noche en compañía de la silenciosa soledad del trigo en medio del campo, que escuche o intuya la aproximación de los jabalíes en la penumbra, que experimente la sensación de alerta de todos sus sentidos, que note erizarse el vello al mismo tiempo que su corazón se desboca, que escuche sus latidos retumbar dentro del oído, porque esas sensaciones quedarán grabadas en lo más profundo de su interior y serán recordadas siempre".

Jesús Alonso Coello
Leer un fragmento:

Los primeros recuerdos cinegéticos que guardo en mi memoria están vinculados a las calurosas tardes de verano de un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara en el que nací en 1955: Tamajón.

Entonces, entre los siete y los diez años, yo recorría libremente los huertos con un tirador en la mano, escuchaba el canto de la cigarra mientras correteaba detrás de los gorriones, subía al campanario de la Iglesia con mucho cuidado para que no me ‘pillara’ el señor cura e intentaba ‘cazar’ algún pichón o paloma (era mi juego favorito).

Después regresaba a casa en busca de la merienda con los ojos colorados del abrasador sol de la tarde. Pero, cuando apenas había cumplido los diez años, mis padres decidieron trasladarse a Madrid, como tantas otras familias lo hicieron por esas fechas desde distintos puntos de nuestra gran España. Y, al llegar a Madrid, se acabó mi libertad: fuera tirador y novillos, había que estudiar.

Volvíamos, sin embargo, a Tamajón de vez en cuando, de modo que el pueblo en que nací siguió siendo el escenario en el que se consolidó mi afición a la caza, ahora ya de la mano de mi padre, a quien acompañaba a menudo en sus jornadas cinegéticas.

En contadas ocasiones me dejaba disparar algún tiro que otro. El primero no lo olvidaré nunca: el culatazo que me dio la escopeta casi me tira patas arriba y eso que mi padre no paraba de decirme que la apoyara fuerte contra el hombro. Hoy casi siento todavía el dolor al recordarlo. Mi padre fue, pues, mi gran maestro de la caza, como de tantas otras cosas, porque él fue un gran cazador, mitad por afición, mitad por necesidad. En efecto, si disponía de 10 cartuchos, normalmente recargados por él mismo, no podía permitirse el lujo de fallar un solo tiro, ya que no tenía la seguridad de disponer de nueva munición para una próxima salida al campo. Tenía que aprovechar al máximo esos diez cartuchos e intentar traer a casa doce piezas, si podía, pues en muchas ocasiones la propia comida dependía del éxito de la caza (igualito que en nuestros días en que disparamos a todo lo que vemos moverse, esté o no dentro del alcance de nuestras armas).

Mi primer encuentro con jabalíes se produjo también en compañía de mi padre. Tuvo lugar en uno de los viajes realizados a Tamajón, en el verano de 1972. Allí, un vecino agricultor nos contó con todo lujo de detalles cómo le estaban comiendo el trigo los jabalíes. Y, cuando terminó de relatarnos el estado en que se encontraba el trigo y su ubicación, nos animó a hacer una espera.

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