LA NOBLEZA DEL FRACASO

LA NOBLEZA DEL FRACASO

Editorial:
ALIANZA
Año de edición:
Materia
NINJA, SAMURAI TAIJI, IAIDO, KENDO
ISBN:
978-84-206-5190-3
Páginas:
632
31,05 €
IVA incluido

El 25 de noviembre de 1970, el escritor Yukio Mishima se suicidó practicándose el ritual del seppuku, también conocido por harakiri, en el cuartel general de las Fuerzas de Autodefensa en Tokio. Había secuestrado al general y tras arengar a la soldadesca y a los medios de comunicación allí congregados sobre la necesidad de volver a  vivir según las tradiciones frente a la occidentalización de la sociedad japonesa, acometió el ritual del suicidio: de rodillas, se evisceró con un tanto mientras uno de sus seguidores del Tatenokai (Sociedad del Escudo) le decapitaba con su katana. La noticia produjo una enorme conmoción en todo el mundo, incluido en Japón. Ivan Morris, traductor y amigo de Mishima, y uno de los más brillantes orientalistas anglosajones, decidió escribir La nobleza del fracaso para intentar explicar y situar en el contexto histórico y cultural japonés la muerte de Mishima.
El culto al héroe está mucho más arraigado en la tradición japonesa que en la de ningún otro país. Sobre todo la del héroe derrotado que, pudiendo sobrevivir, elige la muerte para no traicionar sus principios o lavar su honor practicando el seppuku. Dada la fuerza de esta tradición, Ivan Morris nos cuenta en La nobleza del fracaso las vidas de nueve de estos héroes de la historia japonesa. Desde la del mítico y solitario príncipe Yamato Takeru, del siglo iv, a la del carismático Saigo Takamori, cuya memoria llegó hasta nosotros vía Hollywood como El último samurái. Morris dedica el último capítulo a los kamikazes que en la Segunda Guerra Mundial se inmolaron lanzando sus cazas contra los buques norteamericanos.

Reseña del suplemento cultural de El País, Babelia:

La lectura de estas biografías, legendarias o históricas, produce una verdadera catarsis. Sus peripecias heroicas dejan al lector purificado de compasión y terror; son sanguinolentas tramas trágicas de truculentos y belicosos protagonistas. "Unos se abrieron la garganta con una daga, otros murieron quemados, decapitados, pasados por el garrote; los hubo que murieron en combate atravesados por una espada, una lanza o una bala, o quienes explotaron en mil pedazos al ser lanzados como bombas o torpedos humanos. Casi siempre abandonaron el mundo a temprana edad y con sufrimiento, y a menudo fueron ellos sus propios verdugos". Pero lo que une estas historias no es sólo la manifiesta crueldad de sus tristes destinos, sino el inmenso prestigio que, en la mentalidad nipona, rodea a sus tercos héroes. Esa es la idea central que sirve para enhebrar esas vidas: estos grandes fracasados gozan, en el Japón tradicional, de un prestigio que los encumbra como ejemplos de virtud. Por su valor, su areté, como diría un griego, se empecinaron en la derrota ante un enemigo superior e implacable, y enfrentaron la muerte con la dignidad elegante que caracteriza al mártir del supremo coraje, "consagrados y elevados a los divinos altares del sintoísmo".

Tal vez la gente admire menos, aunque envidie más, a los triunfadores, porque sabe que el éxito se compra a menudo con astucias e intrigas

Desde Yamato Takeru (siglo IV) hasta el vicealmirante Onishi, el instructor de los kamikazes, que se hizo el haraquiri en agosto de 1944, desfilan aquí nueve héroes admirables fracasados. Los más memorables son Minamoto no Yoshitsune, Kusonoki Masashige, en época medieval, y Oshio Heihachiro y Saigo Takamori, en el siglo XIX, pero hay alguno menos violento y muy simpático, como ese Arima no Miko, calificado de "príncipe de la melancolía". Para casi todos vale el mismo esquema: "Tras una subida meteórica a la cima del éxito, vio cómo lo soltaban desde lo alto y se desplomaba en picado hacia el desastre absoluto, víctima de su propia integridad, burlado por hombres más pragmáticos que él y traicionado por quienes se decían sus amigos". No se trata de héroes derrotados por un golpe de azar, sino de valientes que retaron al poder y sumieron su derrota con obstinada audacia, empecinados en una fatídica catástrofe, hasta morir sin rendirse, como exige la ética tradicional japonesa. Que una sociedad tan disciplinada y sumisa admire a fondo a tales individuos es una paradoja intrigante. Lo apunta muy bien I. Morris: "En una sociedad conformista y cerrada como la japonesa, en la que se valora sobre todo el éxito dentro de un marco convencional perfectamente definido se observa la especial fascinación que ejercen quienes, movidos por su singular personalidad y su compromiso con unos ideales abstractos, se ven impulsados a romper con la 'tela de araña social' para enfrentarse a la todopoderosa autoridad establecida en un acto de desesperado desafío". Y acierta a explicarlo: las gentes "reconocen la auténtica madera de héroe entre quienes se niegan a conformarse con la cruda realidad". Claro que los héroes pagan ese desafío con sangre y su implacable destrucción. No sólo en Japón, creo, el imaginario heroico puede servir para compensar la mezquindad cotidiana. Y no deja de ser curioso -como Morris señala- que los antagonistas de esos héroes, los triunfadores, que fueron a menudo mucho más constructivos y útiles, hayan quedado en la memoria popular como villanos de la historia. "El vil y victorioso Takauji" fundó una dinastía y fue un "gran estadista", mientras que Masashige, su rival vencido, tras su triste derrota se suicidó con cincuenta de los suyos; pero el primero es recordado como traidor y "supervillano legendario", el vencido como un glorioso samurái. El modernizador Okubo fue, al parecer, más útil que Saigo Takamori, pero no recibe el cariño popular que este gran rebelde, "el último verdadero samurái", bravo símbolo de lucha contra el pérfido bakufu de los Tokugawa. Tal vez la gente admire menos, aunque envidie más, a los triunfadores, porque sabe que éxito y victorias se compran a menudo con astucias, mentiras, traiciones e intrigas.

La leyenda suele hacer su propia justicia, y resulta admirable un país como Japón, que honra a tales héroes, dotados además de singular talento poético. Entre combates compusieron delicados poemas con exquisita caligrafía.

Tal vez al lector le cueste retener en la memoria sus nombres, pero le será difícil olvidar sus gestas fascinantes y extrañas, y su intenso colorido trágico. Es muy acertada la recuperación, en traducción excelente, del libro de Morris, que, con magnífico estilo y sabia erudición, como muestran sus notas, recrea gestas históricas tan impresionantes.

 

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